Cannava es la empresa de la Provincia de Jujuy que cultiva la planta y elabora el primer producto para uso medicinal fabricado en Argentina. Infobae recorrió la zona de cultivo y el laboratorio, donde crecen más de 1.000 plantas y trabajan 50 personas

“No es la planta maldita, soy yo un viejo retrógrado que renegó de la marihuana. Pero ahora soy un férreo defensor”. Jorge Orlandi es jujeño, tiene 52 años y como todos los de su generación fue formateado con la idea de que la marihuana es una flor malvada que diseña delincuentes y arruina las vidas de quienes se le acercan.

Creció en los campos de su provincia entre hojas de tabaco y cañas de azúcar. “Cultivé de todo”, sintetiza su currículum. Tiene las manos anchas y sus dedos fuertes certifican su experiencia: son las herramientas vivas de quien sabe labrar la tierra. Las circunstancias de la vida, el poder de lo inexorable, fue lo que, a la fuerza, le cambió su cabeza conservadora: una sobrina con Síndrome de West (un tipo de epilepsia refractaria a los medicamentos tradicionales) y su trabajo actual modificaron la perspectiva personal para siempre. Le pasó lo que les ocurre a muchos.

Orlandi ahora es jefe del campo donde crece el primer cultivo legal de cannabis a escala industrial en Argentina. Bajo el sombrero que lo protege del sol tremendo del mediodía en el valle templado del sur de Jujuy, el hombre se ubica en cuclillas y observa con detenimiento el crecimiento de esta planta ancestral. Ya no hay prejuicios en su mente. Ni cabe el miedo a la ilegalidad.

A unos metros de él y de las plantas hay una custodia de policías fuertemente armados. Los agentes no están ya para acusarlo de manipular una planta prohibida sino para cuidarlo. Los tiempos están cambiando. El hombre lo asume en su propia piel. ”Me cambió la perspectiva. Creo que no es algo malo sino que va a beneficiar a la gente. Mi sobrina necesita de la planta y sus padres tienen que importar el aceite. Es un producto muy caro. Es hora de que esta situación cambie”, le dice a Infobae, vestido con una chomba blanca con el nombre Cannava bordado en verde.

Hace un calor dantesco en diciembre a los pies de los cerros verdes que custodian la finca El Pongo, un pedazo de tierra pública del sur de Jujuy, en un valle abrasado por el sol vigoroso del norte, ubicado entre dos ríos (el Grande y el Perico), a 20 kilómetros de la capital provincial.

Temperatura, humedad, vientos y altura sobre el nivel del mar: la combinación de factores de este ecotono -la transición de la selva de las Yungas al bosque chaqueño- parece ideal para que la planta hembra de cannabis sativa -acostumbrada a adaptarse casi al clima que le toque- se sienta muy a gusto en este ambiente y crezca y florezca fuerte y radiante desde la primavera hasta el otoño.

El Pongo fue donada al Estado jujeño en 1975 por el médico Plinio Zabala. El hombre no tenía hijos y puso como condición para su regalo que la tierra se explote tras su muerte con proyectos agrícolas y un fin noble: parte de lo recaudado debía destinarse al mantenimiento del hospital de Perico, la ciudad más próxima a la estancia.

Las paradojas del tiempo se conjugaron para que, 45 años después de la lectura del testamento de Zabala, sobre esa tierra provechosa donde crecen desde frutillas a tabaco, se cultive por primera vez marihuana de forma legal y a gran escala con el objetivo, justamente, de aliviar el dolor de los enfermos.

Con la nueva reglamentación de la ley de uso medicinal, Argentina se integra de a poco a la cada vez más globalizada reivindicación del uso del cannabis, una práctica ancestral que tiene al menos 5.000 años, con una interrupción injusta durante los últimos 90, cuando fue prohibida y demonizada en todo el mundo y poco después incluida en la lista de sustancias peligrosas elaborada por Naciones Unidas a la par de la heroína, aunque no se conoce un solo caso de muerte por sobredosis de marihuana en la historia de la humanidad.

Cannava, la marca que lleva en su chomba blanca Orlandi, es la empresa pública del Estado de la provincia de Jujuy, que convirtió 35 de las 9.000 hectáreas cedidas por el médico de Perico en el primer espacio de cultivo de cannabis y producción de aceites de uso medicinal legal en todo el país: una nueva normalidad agregada a una costumbre que, bajo la mediasombra de la clandestinidad, ya practicaban en cantidades mínimas y a riesgo de ir a la cárcel cultivadores solidarios, usuarios, organizaciones cannábicas sin fines de lucro y también oportunistas y estafadores a través de las plataformas de venta online.

Cannava fue una idea del gobierno jujeño poco después de la sanción de la ley 27.350 para el uso medicinal de esta planta. La primera reglamentación, de fines de 2017, fue muy cuestionada porque no canalizó la demanda de los enfermos. Sin embargo, el gobierno de Alberto Fernandez sí resolvió la idea del equipo de Gerardo Morales y aprobó el proyecto. Se desconoce por qué aceptó el ex Presidente aceptó la idea del jujeño y no, por ejemplo, del intendente radical y médico Martín Randazzo, quien dos años antes antes ya había propuesto que su pueblo, General La Madrid, en la provincia de Buenos Aires, cultive cannabis en su tierra.

La producción de Cannava, al margen de las decisiones políticas que favorecieron su existencia, concentra todo el ciclo de la planta de cannabis en este espacio: desde la germinación de las semillas, el cultivo -tanto a cielo abierto como en invernaderos-, las cámaras de secado de las flores y el laboratorio donde los cogollos de la cannabis sativa L hembra se transforman, mediante un proceso de evaporación, extracción y formulación, en un líquido que sólo conserva las moléculas esenciales de la planta para lograr efectos terapéuticos en los usuarios: el tetrahidrocannabinol (THC), el cannabidiol, también conocido como CBD, y el cannabigerol (CBG) son la Santa Trinidad Química de una planta que tiene mucho todavía por ofrecer al descubrimiento científico.

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