La naturaleza es tan sorprendente que, después de décadas de estudio sobre la forma en que los mosquitos nos encuentran, resulta que estos pequeños vampiros habían desarrollado un para detectar el calor que desprendemos.

Esto es lo que cuentan en un artículo publicado hace unas horas, donde el profesor de biología Paul Garrity, la investigadora Chloe Greppi, el profesor Willem Laursen y varios colegas informan que han descubierto una parte importante de cómo los mosquitos se centran en el calor humano para encontrar y picar a las personas.

Cuentan que los mosquitos salvajes pueden albergar una sed de sangre aparentemente insaciable, pero sus contrapartes cultivadas en laboratorio, sacados de sus hábitats naturales y encerrados en cámaras pequeñas e iluminadas artificialmente, a veces luchan para abrir el apetito.

Para ello, Laursen y sus colegas utilizaron un conjunto de señales sensoriales con la intención de imitar lo que habrían encontrado al aire libre: el calor de un metal, bocanadas de dióxido de carbono de un aliento exhalado, o el sudor humano que emana de, por ejemplo, unas medias de nylon sin lavar.

El año pasado, Garrity y otros investigadores concluyeron que la punta de las antenas de las moscas actuaban como receptores de detección de temperatura, pero solo detectaban si la temperatura estaba cambiando, lo que informaba a la mosca si las cosas se estaban poniendo más calientes o más frías. En aquella investigación se renombró estos sensores de temperatura como células de enfriamiento y células de calentamiento, y se da la casualidad que los mosquitos son parientes evolutivos cercanos de las moscas, y cuentan con los mismos receptores de temperatura.

Partiendo de esta base, le dieron una vuelta a la idea. Los investigadores modificaron genéticamente a los mosquitos para que dejaran de expresar un termostato molecular llamado IR21a en sus antenas, lo que impide su capacidad de calentarse y los deja menos propensos a comer porciones de sangre humana tibia.

Los experimentos del equipo sugieren que, a nivel molecular, IR21a funciona más o menos igual en moscas de la fruta y mosquitos. Aunque si bien ayuda a las moscas de la fruta a evitar el calor, hace que los mosquitos naveguen hacia él.

Los mosquitos, al parecer, reutilizaron un gen evolutivo ancestral en un nuevo circuito celular y volcaron su función sobre su cabeza. “En lugar de preocuparse por la termorregulación, los mosquitos ahora usan estos sensores de temperatura para cazar humanos”, explican los investigadores. 

Sin embargo, deshabilitar IR21a no es suficiente para desconcertar por completo a estos chupasangres hambrientos. Cuando los investigadores colocaron sus manos desnudas sobre las jaulas de los mosquitos mutantes, los insectos todavía querían catarla.

Dicho esto, el simple conocimiento de cómo actúa el receptor para encontrar a los humanos significa que podríamos estar más cerca que nunca de ese repelente eficaz, o incluso de algunos que podrían descomponer las habilidades de navegación de los insectos. “Es un enfoque nuevo que podría tener un gran impacto. Si se pudiera reducir la cantidad de interacciones entre mosquitos y humanos … podría prevenir todas las enfermedades que transmiten esos animales”, zanjan.

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